18 sept. 2015


Días atrás os hablaba sobre esas lecciones que aprendí durante mi corta pero intensa estancia en la Garrotxa con Cristina, mientras realizábamos las fotografías de una pequeña segunda colección que ha ido tomando forma este verano. Fueron días llenos de aventuras, anécdotas e imprevistos, pero aún me guardaba una de las historias más especiales por contar... En nuestro segundo día juntas, de buena mañana, decidimos perdernos por los caminos y carreteras de la zona en busca de una localización que se ajustara a lo que andábamos buscando. No teníamos nada planificado, salíamos a la aventura y sin saber cómo, llegamos a La Pinya. Recordamos que cerca había una casa de turismo rural con mucho encanto. De hecho, Cristina la había visitado unos meses antes, acompañada de una amiga, y me había hablado de ella, de lo bonitos que eran sus rincones y del juego que intuía que podrían dar tras el objetivo. Y así, nos dejamos llevar y nos presentamos allí de forma improvisada; pensando que tal vez nos dejarían hacer alguna fotografía...

Con tono familiar y una sonrisa amable, nos abrieron las puertas y nos invitaron a pasar para tomar todas las fotografías que necesitáramos. Nos sentíamos tan agusto, tan a nuestro aire que, sin darnos cuenta, se hicieron las tres de la tarde y aún seguíamos allí. Sin apenas preguntar y no aceptando un 'no' por respuesta, nos sorprendieron invitándonos a comer, a unirnos a la mesa con el resto de la família. Aún seguimos sorprendidas por tanta generosidad y confianza, quizá porque estas cosas en las grandes ciudades no pasan. Fue una lección de hospitalidad, una anécdota más para recordar, una de las cosas que hacen más especial, si cabe, esa serie de fotografías que realizamos juntas por primera vez.  ― Gràcies per tot, Inés. 



Casa Rural Mas Garganta
(Crta. d'Olot a la Pinya, 17179 La Pinya, Girona)



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